¿Qué es un dato?
El dato no espera
Pequeño manifiesto para otra manera de pensar el dato
Concebido y dirigido por David Bories — Albi, Francia.
Redactado utilizando la inteligencia artificial generativa.
Versión 0.4.1-es — Octubre de 2026
Traducción realizada mediante inteligencia artificial generativa, bajo la supervisión del autor.
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El dato no espera
Pequeño manifiesto para otra manera de pensar el dato
David Bories — Trabajo en curso, 2026
Nota sobre la traducción — Esta traducción re-fija el texto fuente sin desplazar su fondo. Algunos términos del corpus no tienen un equivalente evidente en español; las decisiones adoptadas, y la lectura que debe hacerse de ellas, se exponen en la sección «Decisiones de traducción», al final del volumen. Esta traducción no está congelada: evolucionará a medida que lleguen los comentarios de los lectores y se perfeccionen los medios de traducción. La versión francesa hace fe.
«Nadie se baña dos veces en el mismo río.»
— Heráclito, fragmento 91
Apertura — La inversión de la mirada
Decimos mis datos como diríamos mis cosas. En alguna parte —en un teléfono, en un servidor, en las cajas fuertes de una empresa que nunca veremos— estarían guardadas, apiladas, a veces sustraídas, cosas que nos pertenecen. Nos han enseñado a preocuparnos por ellas, a protegerlas, a reclamarlas. Nos han repetido que valían mucho: el «nuevo petróleo», se dice desde hace veinte años. Se cavan lagos para verterlos en ellos y guardarlos allí, con la convicción de que algún día se sabrá qué hacer con ellos.
Esta imagen está en todas partes. Está en los periódicos, en las leyes, en la boca de los dirigentes como en nuestras conversaciones inquietas. Estructura nuestro derecho, nuestra economía, hasta nuestros miedos. Y descansa en una intuición tan evidente que casi nunca nos molestamos en formularla: un dato sería una cosa. Un objeto estable, que existe en sí, que se puede poseer, almacenar, revender —un grano de materia informacional que esperaría, en alguna parte, a que alguien viniera a recogerlo—.
Este pequeño libro parte de una sospecha. ¿Y si esta imagen fuera falsa? No inexacta en el detalle, sino falsa de raíz —falsa hasta el punto de hacernos pensar mal casi todo lo que hacemos con los datos—.
Lo que cada uno ya ha experimentado
Empecemos por cosas que todo el mundo ha vivido.
La posición que muestra su teléfono es exacta en el instante en que la calcula. Cinco minutos más tarde, usted ha doblado la esquina, y ese punto en el mapa ya no dice dónde está: dice dónde estaba. El saldo que mostraba su banco esta mañana era exacto esta mañana; a mediodía, un cargo ha inscrito otro. La fotografía puesta sobre la chimenea fija un rostro en una edad que ya ha dejado atrás; el niño que sonríe en ella es hoy un adulto.
En ninguno de estos casos ha cambiado el dato. El punto en el mapa sigue siendo el mismo, el saldo mostrado también, la fotografía no ha envejecido ni una arruga. Lo que ha cambiado es el mundo. El dato, en cambio, ha permanecido inmóvil mientras la realidad que describía continuaba sin él.
Ahí está la grieta. Si un dato fuera de verdad una cosa estable, seguiría siendo verdadero. Ahora bien, no sigue siendo verdadero. Empieza a mentir sobre el presente desde el instante en que se lo fija —no porque se corrompa, sino porque el mundo no se detiene por él—. Un dato no espera. Y una cosa que se pone a mentir por sí sola, sin que nadie la toque, no es del todo una cosa.
La palabra que falta
Entre el dato y nosotros falta una palabra. Esa palabra es el flujo.
No vivimos rodeados de datos. Vivimos rodeados de una realidad que fluye —un mundo en movimiento, indiferente, que desborda siempre lo que recortamos en él y nunca se interrumpe para dejarse contar—. Es lo que llamaremos el flujo de lo real. No es una teoría complicada: es solo la constatación de que el mundo, antes de toda medida, ya está pasando.
En este flujo no hay datos. Hay un latido del corazón, una calle que se cruza, un precio que sube, una palabra intercambiada entre dos amigos. Nada de eso es un dato mientras nadie ha inscrito nada. Esos acontecimientos son, y nada más —ni dados, ni por tomar—. El corazón late, cuente alguien o no sus latidos.
El dato nace de un gesto. Alguien, por una razón, en un instante preciso, separa del flujo un fragmento y lo inscribe: una cifra, una línea, una imagen. Es ese gesto —esa toma— el que hace existir el dato. Antes de él, no había un dato que aguardara a ser recolectado. Estaba el río. El dato es el pescado que se saca de él; y no hay pescado mientras el pez sigue nadando. No todos los datos nacen así de una observación: algunos nacen de un acto que instituye —un matrimonio que se registra, un voto que se cuenta—, otros se calculan a partir de datos existentes, como una media. Pero ninguno nace sin un gesto, y es sobre todo la vía de la observación la que seguirá este libro.
Invirtamos, pues, la imagen de partida. Los datos no se recolectan como se recogerían frutas caídas al pie de un árbol. Se toman: se elige un lugar del flujo, un instante, una manera de medir, y se fija una inscripción. El gesto no es neutral. Lleva una intención, unos criterios, un punto de vista. Dos personas que toman el mismo mundo en el mismo momento, pero no buscan lo mismo, no sacan de él los mismos datos: el médico retendrá una fiebre allí donde el poeta retendrá la palidez de un rostro. El dato no es lo real: es lo que hemos elegido retener de ello.
Por qué eso lo cambia todo
Una vez hecho este desplazamiento, todo lo demás sigue, casi mecánicamente.
Si el dato es una toma fechada, entonces caduca. En el instante en que se lo inscribe, el flujo continúa, y la brecha entre lo que dice y lo que es se ahonda a cada segundo. Su frescura —su proximidad al presente del mundo— nunca está adquirida de una vez por todas, y no se recupera: un dato no se rejuvenece, solo se puede volver a tomar, al lado, y empezar de nuevo.
Si el dato es una toma, entonces su valor no está en su cantidad. Un almacén lleno de datos de hace diez años puede valer menos, para decidir hoy, que una sola medida hecha esta mañana, porque una todavía toca el flujo y los otros ya no dicen más que el pasado —lo que sigue siendo valioso para la historia—. El «nuevo petróleo» es una imagen equivocada: el petróleo se guarda y mejora, el dato que pretende decir el presente se desvanece como un perfume que se hubiera dejado abierto.
Y si el dato es una toma hecha sobre un flujo que no pertenece a nadie, entonces la cuestión de la propiedad se desplaza. Se puede poseer un archivo, un soporte, una inscripción. No se posee el flujo de lo real, que continúa, indiferente, para todo el mundo a la vez —como nadie posee el río del que cada uno saca agua: lo que uno toma de él no quita nada a lo que el otro puede tomar—. Esta constatación no dice, por sí sola, lo que el derecho debe decidir. Pero la cuestión quizá no es solamente quién posee los datos; es también quién decide lo que se toma, y quién puede todavía acceder al flujo.
Nada de esto es gratuito ni desesperado. Si tantos datos caducan, es que hay que tomar otra vez, sin cesar —y es precisamente lo que hacemos, sin siquiera pensarlo—. No padecemos el flujo: cavamos en él canales, series de tomas regladas que captan de él, gota a gota, lo que nos es útil. Pensar el dato desde el flujo no es, pues, renunciar a dominar el dato. Es dejar de creer que poseerlo basta, para comprender por fin lo que se hace con él.
El trayecto de este libro
Este manifiesto no demuestra; hace ver. Sigue el dato como se seguiría un curso de agua, desde su nacimiento hasta su fin, en tres tiempos.
Primero, nacer: cómo el dato se cava en el flujo de lo real, se fija en un instante, y por qué empieza enseguida a envejecer.
Después, viajar: cómo circula, se copia sin dividirse, pasa de mano en mano —y con qué condición ese viaje queda verdaderamente cumplido—.
Por último, ser leído: porque un dato que nadie recibe, que nadie comprende, no habla a nadie. Permanece, todavía no leído o mudo para quien lo ve pasar; solo recae en el estado de simple huella el día en que ya ninguna mirada, en ninguna parte, sabe descifrarlo.
Al final de estos tres tiempos, no tendrá usted en las manos un método ni una caja de herramientas. Tendrá una mirada —otra manera de ver lo que creía conocer—. Si esa mirada lo engancha, sepa que prolonga un trabajo mucho más vasto, del que este libro no es más que la puerta. Pero una puerta basta para entrar.
Empecemos por la fuente.
I — Nacer: la fuente
Imagine un termómetro clavado en un río. A mediodía, marca doce grados. Alguien, en la orilla, anota en un cuaderno: «12 °C, mediodía». Este registro queda fijado; ya no se moverá. Pero el río no ha dejado de correr. A las doce y cinco, el agua ya se ha calentado una décima de grado, o se ha enfriado otro tanto. El registro sigue siendo verdadero del mediodía; empieza enseguida a volverse falso del presente.
Todo está ahí, en esta escena minúscula. El dato nace de un encuentro entre un gesto que fija y un mundo que nunca se queda fijo.
El gesto que hace nacer
Antes del registro, no había ningún dato en el río. Había agua a cierta temperatura —un hecho del mundo, ni escrito ni por tomar—. El dato empieza con el acto de inscripción: el momento en que alguien percibe, distingue, interpreta, apunta a un fragmento de lo real, y lo inscribe en un soporte. Es un gesto humano, intencional y situado. Se elige qué medir, cuándo, cómo, y —sin siquiera pensarlo— lo que se descuida. En ese río pasaban una infinidad de cosas: la corriente, los peces, la luz sobre el agua, los sedimentos que bajan. El registro solo ha retenido una, la temperatura, y ha dejado fluir todo lo demás. Inscribir es siempre retener una cosa y dejar escapar mil.
Por eso un dato nunca es lo real mismo, sino solo una réplica parcial, fiel a los criterios que lo hicieron nacer. El termómetro es fiel a la temperatura y mudo sobre todo lo demás. Cambie el instrumento, la intención, el momento: obtendrá otro dato del mismo río. El dato lleva la marca de la mano que lo tomó, como una fotografía lleva el encuadre de quien apuntó. No hay dato sin punto de vista, como no hay fotografía sin encuadre.
Los dos tiempos del dato
Queda una paradoja que hay que disolver, porque vuelve sin cesar, y mientras se sostiene el edificio vacila. Se dice de un dato que está congelado: «12 °C a mediodía» lo seguirá estando para siempre, grabado, definitivo. Y se dice al mismo tiempo que caduca, que envejece. ¿Cómo puede envejecer una cosa congelada? Un número inscrito no se pudre.
La respuesta cabe en una frase: el dato no tiene un tiempo, tiene dos. En uno es eterno; en el otro envejece; y estos dos tiempos no se contradicen, porque no miden lo mismo. Un dato nace, en efecto, de dos gestos distintos: un acto, que lo hace nacer en un instante y lo fija para siempre; un soporte —el cuaderno, el archivo, la memoria de una máquina— que lo hace durar. El contenido no cambia: «12 °C a mediodía» será siempre «12 °C a mediodía». Lo que cambia es la brecha entre ese contenido inmóvil y una realidad que se aleja. El dato no envejece porque se modifique. Envejece porque el mundo ha continuado sin él.
Es lo que se llama la caducidad. La palabra suena severa; la idea es simple. Vuelva al registro del río. No se estropea: dentro de un año, dirá todavía exactamente «12 °C a mediodía». No es él el que cambia —es el río, que a las doce y cinco ya era un poco otro, y mañana completamente otro—. La caducidad no es, pues, el dato que se echa a perder como una manzana olvidada en un cajón. Es la brecha que crece entre él, que ha permanecido inmóvil, y el mundo, que ha continuado. Un dato, por lo demás, nunca está vencido en sí, sino para un uso: el registro del mediodía ya no dice nada del agua de esta tarde, y sigue siendo exacto para quien reconstruye la historia del río.
Y esa brecha no crece a la misma velocidad para todo. El precio de una acción en Bolsa caduca en unos segundos: apenas mostrado, ya falso. La altura del Mont Blanc caduca en miles de años: uno puede fiarse de ella toda una vida sin riesgo. El dato, en los dos casos, no tiene nada que ver. Lo que regula la velocidad es el fragmento de mundo que se ha tomado —según se mueva deprisa o despacio—.
Algunos datos parecen incluso no envejecer nunca: la gramática de una lengua, el ciclo de la luna, un teorema de geometría. Es una ilusión, pero una ilusión útil. La realidad que describen también se aleja —simplemente tan despacio que, a la escala de una vida humana, la deriva es imperceptible—. Estas fuentes estables son los terrenos firmes sobre los que se puede construir: se consultan hoy como ayer, uno se apoya en ellas sin temor. Con una sola condición: no olvidar nunca que su solidez es una larga duración, y no una eternidad. El suelo mismo acaba moviéndose; solo se mueve demasiado despacio para que se note.
Del cubo al canal
Si tantos datos caducan, ¿no corre el riesgo de ser vano tomarlos? Se sacarían cubos de agua del río, y se evaporarían a medida que se dejan en la orilla. ¿Para qué?
Es aquí donde el humano hace algo mejor que sacar agua. Cava canales. En lugar de un registro aislado, pronto vencido, hace una serie reglada, cadenciada: mide la temperatura del río cada hora, día tras día, estación tras estación. Esta serie de tomas —lo que llamaremos un flujo de observación— restituye, a pequeños toques, el movimiento del fragmento de realidad que ha elegido seguir. Allí donde un cubo solo daba un instante, el canal devuelve una corriente.
El canal es infinitamente más pobre que el río: solo contiene lo que su trazado ha querido admitir, el agua de la temperatura y nada más. Pero el canal, el humano lo domina. Puede seguirlo con la mirada, remontarlo hasta su fuente, reproducirlo, conectarlo con otros canales, confiarlo a un vecino que lo necesita, cegarlo cuando ya no tiene uso para él. La caducidad de cada gota queda así compensada por la cadencia del conjunto: no se recupera un dato envejecido, se toma uno fresco, y el canal sigue corriendo.
Es toda la relación con el dato la que cambia por completo. Se creía perderlo —el flujo se nos escapa, cada medida envejece—. Se descubre que se lo puede reconstruir, pacientemente, cavando canales que captan del flujo lo que nos es útil. Y es una lección doble. Una lección de modestia, primero: más allá de todos los canales, siempre quedará el río, desmesurado, indiferente, que nadie posee. Pero una lección de libertad, enseguida: puesto que el río no se posee, nadie puede pretender poseerlo en nuestro lugar. Solo hay canales, cavados por intenciones, que cada uno puede aprender a trazar. El humano nunca será el propietario de las aguas. Puede ser el constructor, lúcido y responsable, de sus canales.
El dato ha nacido. Está fijado, fechado, ya envejeciendo. Queda por saber qué sucede cuando deja su fuente y se pone a viajar.
II — Viajar: el movimiento
Un dato casi nunca se queda donde nació. El registro del cuaderno pasa a una hoja de cálculo, la hoja de cálculo se envía por correo electrónico, el correo llega a diez destinatarios, uno de los cuales lo reenvía a otros diez. El dato viaja, sin cesar, y cada vez más deprisa. Este viaje parece anodino —se hace clic, y sale—. Obedece, sin embargo, a leyes que no se sospechan, y que cambian muchas cosas.
Dos viajes en uno
Cuando un dato se desplaza, hace en realidad dos trayectos a la vez.
El primero es visible, y querido: el soporte que lo lleva cambia de lugar. El archivo va de una computadora a otra, de un continente a otro. Es la navegación espacial —la que se domina, se decide, se dirige—. Se elige enviar esto aquí en lugar de allá.
El segundo es invisible, y padecido: mientras el dato viaja, la realidad de la que se sacó sigue alejándose. Es la navegación temporal. No un movimiento del dato —permanece inmóvil en su contenido—, sino el mundo que gira en torno a él mientras avanza. Una medida de la calidad del aire enviada de una ciudad a otra llega exacta en su soporte, y sin embargo ya más vieja: el aire, allí de donde viene, ha seguido cambiando durante el trayecto. Los dos viajes se suman. Transportar un dato es siempre, además de desplazarlo, dejarlo envejecer un poco.
De ahí una pregunta que casi siempre se descuida: ¿ha seguido el dato siendo fiel, por el camino, a lo que decía al partir? ¿Ha resistido el soporte? ¿Ha sobrevivido el formato al viaje? ¿Se ha transmitido el sentido intacto, con lo que hacía falta para comprenderlo? La fidelidad del transporte nunca está garantizada de antemano. Un dato puede llegar corrompido, truncado —o, de manera más solapada, perfectamente intacto pero separado del contexto que lo hacía legible—. Llega entonces entero, y sin embargo ilegible, como una carta cuya primera página se hubiera perdido.
Compartirse sin dividirse
Viene entonces la propiedad más extraña del dato, la que lo separa de todo objeto material. Si le doy una manzana, ya no la tengo. Si le doy un dato, lo sigo teniendo.
Transmitir un dato, la mayoría de las veces, no es desplazarlo de un lugar a otro; es copiarlo. El original se queda en mi casa, aparece una réplica en la suya. Y sin embargo el dato no se ha multiplicado: sigue habiendo un dato, el mismo contenido, el mismo hecho. Lo que se ha multiplicado son sus portadores. Ahora somos dos los que lo tenemos, y podríamos ser mil sin que cambiara. El dato se comparte como se comparte un hecho: sin empobrecer a quien lo da. Decirle la hora que es no me priva de la hora; contarle una noticia no me la hace olvidar.
Esta propiedad tiene dos caras, y es exactamente la misma. Porque un dato se copia sin dividirse, puede alimentar saberes compartidos, bibliotecas abiertas a todos, comunes de los que cada uno saca sin quitar nada a los demás: es la parte luminosa. Pero por la misma razón, una vez soltado, ya no se recupera. La fotografía de la que uno se arrepiente, el rumor, el secreto escapado se copian de uno en otro, y ninguna mano puede recuperarlos uno a uno: es la parte sombría. El gesto que decide compartir compromete una difusión cuyos límites ya no controla. La generosidad y la filtración no son dos leyes diferentes; son la misma ley, vista desde dos lados.
Del arroyo al torrente
Multiplique los canales, las copias, las velocidades, los destinatarios —y el arroyo tranquilo se convierte en torrente—. Ahí estamos. Nunca han circulado tantos datos, tan deprisa, hacia tanta gente a la vez. Cada uno lo siente sin nombrarlo siempre: el buzón que desborda, el hilo que nunca se agota, la sensación de no estar nunca al día. Es el sobrecaudal: pasan ante cada uno de nosotros infinitamente más datos de los que ninguno de nosotros podrá recibir jamás.
Es el momento de plantear una verdad que la abundancia oculta. Un dato que circula no es, por ello, un dato leído. Ha sido producido, transportado, copiado, depositado al alcance de la mano —el viaje lo ha vuelto disponible—; pero mientras nadie lo haya recibido de verdad, no es más que un agua más que pasa. El viaje solo se lleva a término si la parte de quien recibe se vuelve practicable: si tiene el tiempo, el medio y el código para hacer algo con él. Volcar sobre alguien mil datos brutos que no puede descifrar no es transmitírselos —es hacerlos desfilar ante él—. El cartero que desliza una carta bajo una puerta cerrada no ha entregado el correo; solo lo ha desplazado.
Todo el movimiento del dato tropieza así con un punto estrecho, el único que el torrente, por furioso que sea, no puede forzar: la lectura. Es ahí, en ese paso estrecho, donde se juega el último tiempo —y, con mucho, el más decisivo—.
III — Ser leído: la huella o el dato
Un viejo disco duro encontrado en el fondo de un desván. Ha conservado perfectamente sus archivos: ni un bit se ha movido en veinte años. Pero el programa que los abría ya no existe, el formato está olvidado, y ya nadie sabe leerlos. Los datos están ahí, intactos, y sin embargo como muertos. ¿Qué les falta, si no les falta nada? Les falta un lector.
He aquí la última verdad, la menos evidente y quizá la más importante. Un dato existe en cuanto se lo ha inscrito; pero solo habla en el momento en que alguien lo lee: ni el soporte ni el viaje bastan, hace falta el encuentro con un lector. Sin lectura, no desaparece: permanece, todavía no leído, o mudo para quien no sabe descifrarlo. Solo recae en el estado de huella —una simple marca sobre un soporte, privada de la interpretación que hacía de ella un dato— si ya nadie, en ninguna parte, sabe leerlo.
Leer no es de ninguna parte
Uno se imagina de buen grado la lectura como una operación neutral, transparente: el dato estaría ahí, bastaría con recogerlo con los ojos, y cualquiera sacaría de él lo mismo. Es falso. Quien lee es siempre un lector situado. Lee desde un cuerpo, una atención que se fatiga, un bagaje de conocimientos que le permite descifrar esto y no aquello. El médico lee una radiografía allí donde yo no veo más que una bruma gris; el marino lee en el cielo una tormenta que yo no veo venir; el músico oye una nota falsa allí donde yo no oigo más que una canción. La misma inscripción no entrega lo mismo a todos. Ninguna lectura es de ninguna parte. El lector universal, que lo leería todo desde ningún punto de vista, no existe —es una contradicción en los términos—.
Todo lector lee, pues, a través de una ventana: una porción acotada de lo que desfila, recortada por su cuerpo, su atención, su saber. Uno estaría tentado de ver en ello una invalidez, una prisión. Es exactamente lo contrario. La ventana no encierra al lector: hace posible la lectura. Una ventana sin borde ya no es una ventana —es un muro derribado, que no da a nada porque no encuadra nada—. Muestra porque recorta. Un lector que lo leyera todo a la vez no leería nada en absoluto, porque leer es distinguir esto de aquello, y distinguirlo todo al mismo tiempo equivale a no distinguir ya nada —como un proyector que iluminara en todas las direcciones dejaría de iluminar cosa alguna—. Los instrumentos que ensanchan la ventana —la lupa, el filtro, el resumen automático— nunca la abolen: la desplazan, y cada desplazamiento abre nuevos ángulos muertos. Se ve más lejos, se ve siempre desde un solo lugar.
Mudo no es muerto
Un dato no leído no tiene siempre la misma suerte, y el matiz merece que nos detengamos en él, porque se los confunde todo el tiempo.
El código que hace funcionar una aplicación es ilegible para mí, y perfectamente claro para quien lo escribió. Ese dato es mudo: tiene una interpretación —existe una clave que lo descifra—, pero este lector no la posee. La mudez no es una muerte; es una simple relación entre un dato y un lector dado. Que se presente un lector competente, y el dato mudo vuelve a ser parlante. El estado es relativo, y reversible: mudo para mí hoy, legible para otro, o para mí mismo mañana, cuando haya aprendido.
Muy distinto es el dato muerto: el caso extremo en que ya ningún lector, en ninguna parte del mundo, puede interpretarlo. La clave de desciframiento se ha extinguido con los últimos que la poseían. Solo queda entonces la inscripción desnuda sobre su soporte —como nuestros archivos del desván, como una lengua cuyo último hablante ha muerto—. El dato ha desaparecido; solo queda la huella. Si algún día alguien echa mano de ella, no será una lectura sino un nuevo gesto de inscripción, que hará de ella un dato de un tipo completamente nuevo: ya no el mensaje que llevaba, sino «marcas regulares sobre un disco, fechadas en tal época».
El torrente, al pasar ante nosotros más deprisa de lo que podemos leer, fabrica en masa datos simplemente no leídos, algunos datos mudos; y, a la larga, muy pocos datos muertos, que se depositan en el fondo por falta del menor lector. El verdadero drama de la abundancia no es tanto que produzca lo no leído, la mudez y la muerte —es que acabe haciéndonos perder la capacidad de distinguir lo que merecía ser leído de lo que podía, sin daño, dejarse—.
No todos los datos no leídos son fracasos
¿Por qué, exactamente, un dato no se lee? Hay tres razones, y confundirlas sería una falta, porque no piden en absoluto la misma respuesta.
La primera es la incapacidad: el lector no puede leer —le faltan el código, el medio o el acceso—. El dato es mudo para él, vivo quizá para otro. Es el caso del turista ante un letrero en una lengua que no conoce. Esa carencia se repara: se aprende, o uno se dirige a alguien que sabe leer en su lugar.
La segunda es el desinterés: el lector podría leer —tiene el código, el medio, el acceso, todo lo necesario— pero no lo hace. La corriente lo desvía, el dato pasa ante sus ojos y lo ve sin leerlo, como se recorre sin verlo un cartel por centésima vez. Aquí no falta ningún medio: lo que está en juego es la atención que se concede o que se niega.
La tercera es la caducidad rápida: el dato sencillamente no ha esperado a ser leído. Su frescura era tan breve que, pasado el primer instante, leerlo ya no servía de nada —piense en el anuncio de un andén de estación una vez que el tren ha salido—. Caducó para su uso antes incluso de que nadie pensara en echarle mano —sin dejar por ello de ser un dato, que otro uso podría todavía aprovechar—.
De esta distinción sale una idea que alivia. No todos los datos no leídos son fracasos. La caducidad rápida es la suerte normal de una parte inmensa de lo que se produce cada día; querer leerlo todo sería tan vano como agotador, y la mayoría de las veces inútil. La primera tarea del lector desbordado no es, pues, leerlo todo —es discernir lo que vale la pena leer—. Si no, cometerá uno de los dos errores gemelos: dejar escapar lo que había que leer a toda costa, o agotarse en lo que podía, en paz, quedarse sin leer.
Ante el torrente, sin embargo, el lector no está desarmado. Tres gestos se le ofrecen. Puede encuadrar: elegir deliberadamente lo que mira y lo que deja pasar, como se orienta una ventana hacia el paisaje que se quiere ver. Puede delegar: confiar su lectura a otro —un colega, un especialista, una máquina—, a condición de saber que hereda entonces la ventana de ese otro, sus elecciones y sus ángulos muertos. Puede, por último, aceptar: consentir, con toda lucidez, en que una parte se le escape para siempre, porque no se puede encuadrar ni delegar todo. Estos tres gestos no se excluyen; se mezclan en el día a día. Y su dosificación compromete lo que podría llamarse la probidad del lector: la honestidad de quien sabe lo que lee, lo que no lee, y lo que ha puesto en manos de otro.
Así se cierra el ciclo. El dato nace de un gesto que toma lo real y lo fija; y desde entonces envejece. Circula por un gesto que lo pone en movimiento y lo copia sin dividirlo; y ese movimiento lo deposita en todas partes a la vez. Habla en un último gesto que lo lee; y a falta de ese gesto, permanece, todavía no leído —solo recae en huella, allí de donde había venido, el día en que ya nadie, en ninguna parte, sabe leerlo—.
Cierre — Por qué esto nos compromete
Al término de este recorrido, la imagen de partida se ha dado la vuelta como un guante. El dato no es un objeto que se posee y que se amontona; es el resultado de un gesto —para el dato de observación, una toma fechada, hecha sobre una realidad que nunca se detiene—, a menudo llamado a viajar, y que solo habla en el instante en que un lector lo recibe. Este simple desplazamiento de la mirada tiene consecuencias que desbordan con mucho la técnica, y que tocan cosas que nos conciernen a todos.
Tres consecuencias que incomodan
Sobre la inteligencia artificial, primero. Esas máquinas que responden a todo aprendieron de un mundo congelado en una fecha dada: son, por construcción, una copia de seguridad. Hágales una pregunta sobre lo que ha pasado desde entonces, y la brecha se revela —la brecha entre el dato congelado en ellas y el flujo que, por su parte, ha continuado—. Todos los esfuerzos por «conectarlas» con la actualidad, por alimentarlas en directo con fuentes frescas, no son más que intentos de reconexión con el flujo. Dicen, por su existencia misma, lo que nuestra mirada permite por fin nombrar: abandonada a sí misma, una máquina así es una copia de seguridad que se aparta un poco más del presente con cada día que pasa.
Sobre el derecho, después. Todo el edificio que protege nuestros datos —el consentimiento que se da, el acceso que se reclama, la rectificación, la supresión— supone que el dato es un objeto estable, bien sujeto a una persona, que se puede corregir o suprimir como se tacha una línea. En este punto, no se equivoca: una vez inscrito, el dato es en efecto estable. Lo que supone de más es que el dato haga las veces de aquello de lo que se ha sacado: si el dato es una toma sobre el flujo de mi comportamiento, corregir esa toma no cambia nada en el flujo, que ya ha corrido más lejos. Borrar un dato que me concierne es retirar un cubo de agua; no es detener el río. El «derecho al olvido», al pie de la letra, es un derecho sobre unas tomas —no un poder sobre el río—.
Sobre el poder, por último. Mientras se tiene el dato por un objeto, la cuestión política cabe en tres palabras: ¿quién lo posee? En cuanto se lo tiene por una toma, la cuestión se desplaza, y se multiplica: ¿quién decide lo que se toma? ¿quién define sus criterios? ¿quién conserva el control del acceso al flujo? Este desplazamiento es cualquier cosa menos neutral. Hace pasar el dominio del dato del lado de la acumulación —amontonar lo más posible— al de la intención —elegir lo que merece ser captado—. Y al mismo tiempo devuelve a cada uno una responsabilidad que la idea de posesión le había hecho olvidar.
Una confesión que pertenece al tema
Una palabra, para terminar, sobre la fabricación de este libro. Lo concibió y dirigió un humano, pero se redactó con el concurso de una inteligencia artificial generativa. Esta particularidad no es una nota deslizada por escrúpulo a pie de página: pertenece al tema. Un libro que interroga en qué se convierte el conocimiento cuando una máquina se interpone entre el humano y lo real no podía, honestamente, disimular que una máquina se ha interpuesto en su propia escritura. El dato verosímil que produce una herramienta así no ha sido aquí solamente un objeto de estudio; ha sido también un instrumento de escritura. El libro, en eso, hace lo que dice.
La puerta está abierta
Este manifiesto no ha demostrado nada en detalle, y era deliberado. Ha intentado hacer ver una mirada, no agotar una tesis. Cada idea que se ha atravesado —la toma, la fijación, la frescura y la caducidad, el canal, la fidelidad del transporte, la copia que no divide, el lector situado, la ventana, la huella— solo se ha rozado. Cada una se despliega, se matiza, se pone a prueba al contacto con los casos y los oficios, en un trabajo mucho más vasto: el corpus A prueba del flujo — una ontología procesual del dato.
Allí se encuentra la trilogía que plantea su fondo —El río y el canal, De la fuente al torrente, La huella o el dato— y unos volúmenes de continuidad que extraen de él las aplicaciones concretas, del oficio a las herramientas. Este pequeño libro no es más que su umbral. Si le ha dado ganas de entrar, el resto lo espera al otro lado de la puerta.
El río, por su parte, no espera. Pero se puede aprender a cavar canales en él.
Decisiones de traducción
Estas notas dicen cómo leer las palabras españolas que traducen los términos del corpus; las fija para toda la traducción española la Carta de traducción del corpus.
- el dato (la donnée): el corpus trata el dato como un individuo, constituido por un acto, fechado, llevado por soportes; el español dice el dato en singular con naturalidad. Dato viene del latín datum, «lo dado»: de ahí que los acontecimientos del flujo no sean «ni dados, ni por tomar».
- toma / tomar (prélèvement, prélever): el gesto de tomar del flujo, como se habla de una toma de agua; «los datos no se recolectan, se toman». El prélèvement bancario de la apertura es un cargo. Registro traduce el relevé del cuaderno, el valor inscrito; marcar dice lo que hace el termómetro, que no lee.
- caducidad; caducar; vencido (péremption; se périmer; périmée): una relación, no una alteración —la brecha que crece entre un dato inmóvil y un mundo que continúa—. Un dato caduca para un uso.
- fuente (source): la fuente donde nace el dato (primera parte) y la del título del tomo 2, De la fuente al torrente; las fuentes estables son los fragmentos de lo real que caducan tan despacio que se puede construir sobre ellos. Las «fuentes frescas» con que se alimentan las máquinas son el sentido corriente de la palabra.
- canal; cavar; trazado (canal, creuser, tracé): el canal cavado en el río; nunca un canal de comunicación. Cegar un canal es rellenarlo cuando ya no sirve.
- mudo; muerto; huella: el dato mudo tiene una interpretación que este lector no posee, y vuelve a ser parlante; el dato muerto ya no tiene lector en ninguna parte, y solo entonces queda la huella.
- encuadrar, delegar, aceptar traducen los tres gestos del lector (cadrer, déléguer, accepter); encuadre (cadrage) es la misma raíz, desde la fotografía de la primera parte.
- El río (le fleuve): la cita de Heráclito se da en su forma española recibida, la misma del primer tomo; el pez que nada y el pescado que se saca dicen en español la paradoja del poisson francés.
- Títulos. El dato no espera traduce La donnée n’attend pas; el corpus es A prueba del flujo — Una ontología procesual del dato, y la trilogía, El río y el canal, De la fuente al torrente, La huella o el dato.